
Isadora Duncan (1878-1927), una bailarina americana a la que el puritanismo yanqui y sus propias inquietudes artísticas le empujaron, primero a Londres, y luego al dinámico y vanguardista París de principios del siglo veinte, fué una conocidísima bailarina que, por romper, y después de demostrar que podía ser la mejor en ella, rompió con la danza clásica, creó su propio estilo, despreció el tutú para bailar con revolucionarias túnicas semitransparentes, se quitó las zapatillas de punta para bailar descalza, incorporando las maravillosas posibilidades del píe desnudo a la danza, introdujo su propia filosofía en la estancada rigidez de la danza clásica introduciendo en ella el "expresionismo", línea artística incipiente en aquella época en ésa y en otras disciplinas y que, a grandes rasgos, se basaba en la búsqueda de la esencia del arte que sólo puede proceder del interior de uno mismo. Para ello suplía, sobre música de diferentes compositores, Chopin, Beethoven, los grandes medios técnicos y la clásica rigidez de la danza de siempre, con la dulce, expresiva y sensual belleza de su cuerpo, unido a su inequívoca genialidad de bailarina autodidacta. Algunas veces el público le abucheó su atrevimiento, lo que no impidió que fuera reconocida, en vida, en los foros y escenarios más entendidos y exigentes. Sin prejuicios y libre como sólo algunas almas escogidas consiguen serlo, bisexual y promíscua, tuvo mil amantes, conocidos/as de las ciencias y las artes parisinas, o desconocidos/as amantes eventuales, escandalizaba a toda Europa a la vez que crecía su fama como danzarina y se mitificaba su figura revolucionaria que, en política también, le llevó a hacer sus pinitos en la Rusia de la época, aprovechando su posición de privilegio en un país que apostó, como ninguno, y los rusos saben de eso, por la genial bailarina.Esa es, a vista de pájaro, la figura profesional e histórica de una mujer genial que marcó una época como danzarina y en lo social......Pero lo que más llama la atención de Isadora son sus dramáticas circunstancias familiares, la estrecha relación de la diva y su familia con la tragedia. No se sabe si es la Suerte, pero en mi ya larga, bastante, vida, he conocido gente que siempre cae de píe, a la que nunca le pasa nada aunque haga mil diabluras arriesgadas, y gente que siempre anda accidentándose o que su vida es una sucesión de coscorrones, heridas, caídas, accidentes, muertes violentas, dramas, en fín, en mucha mayor medida que la media de su entorno. Eso hace pensar, al menos a mí, que si bien no tengo ningún indicio claro de la existencia de dioses, de ahí mi agnosticismo, sí que los tengo de verdaderos casos de Buena, o Mala Suerte....Lo cual no sé si me hace acólito de alguna suerte de dios/sa pagano/a, como la propia diosa romana Fortuna pero, desde luego, no seré yo quien la desprecie e infravalore. Isadora Duncan es un tratado, por sí misma, de la perra Suerte, de la tragedia personal, que no entiende de triunfos profesionales, y familiar:A su padre, siendo ella una niña, le habían metido en la cárcel por su participación en un plan de asalto a un banco por lo que creció con las penurias imaginables en una famila humilde, cuando, además, se producen esas circunstancias.Tuvo dos hijos de otros tantos amantes. Los dos se ahogaron, ya mayorcitos, al caer su coche al Sena. Eso le mantuvo demasiados años lejos de la danza y nunca lo superó.Algunas crónicas hablan de un tercer hijo que también moriría, este a los pocos días de nacer.Luego, se casó con un poeta ruso, un tal Yesenin, que tran abandonarla, se suicidó en Leningrado.Por fín, ella misma, murió estrangulada cuando el foulard que llevaba al cuello se enganchó en la rueda del coche en el que viajaba. Curiosamente, dicen que siempre se desplazaba en automóviles descapotables por el tremendo horror que le producía la posibilidad de morir ahogada, sin escapatoria, como le ocurrió a sus hijos.Tenía cuarenta y nueve años. Lo que es seguro es que, en ese tiempo vivió, consumió mucha más vida, las mieles y las hieles, que la mayoría de los mortales de todas las épocas.

